No se trata de obtener un título, sino de crecer como persona

Durante los primeros días de clase les pregunto a mis alumnos para qué sirven los idiomas. Generalmente, todos suelen responder lo mismo: para viajar, encontrar trabajo fácilmente o comunicarnos con personas de otros países. Todos tienen razón; no obstante, intento hacerles ver un poco más allá de lo que estamos acostumbrados, actualmente, a escuchar en este mundo globalizado.

Cuando aprendemos un nuevo idioma y, sobre todo, cuando contamos con la oportunidad de ponerlo en práctica, descubrimos una nueva forma de concebir la realidad. La adquisición de una lengua lleva consigo el aprendizaje de nuevas culturas, nos enseña a ser más tolerantes, comprensivos y respetuosos con el medio que nos rodea.

Somos afortunados de estar inmersos en una era en la que viajar está al alcance de todos. Siempre tuve el gusanillo de poder pasar una etapa de mi vida en el extranjero, convivir y relacionarme con personas muy diversas, compartir momentos practicando otra lengua, bañarme en otros mares, experimentar otros hábitos y costumbres o, incluso, probar comidas que jamás pensé que existían. Es fascinante sentir cómo se vuelve a nacer y cómo se aprende a vivir de cero descubriéndose a sí mismo. Estas experiencias nos ayudan a crecer y madurar. Especialmente, se adquieren infinidad de valores que, con el paso del tiempo, se aprecian.

Esa curiosidad por explorar este inmenso mundo y esa pasión por descubrir diferentes culturas son las que intento transmitir a mis alumnos. No se trata de estudiar un idioma por obligación ni de conseguir un título por necesidad, sino de intentar despertar esas ganas que, seguro, muchos guardan aún escondidas y hacer aflorar la riqueza interior, prevaleciendo así el entusiasmo, la voluntad y, como consecuencia, la satisfacción personal.

Esperanza Domínguez García

Profesora de Inglés y Francés

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