RESURRECCIÓN

No significa lo mismo revivir que resucitar. Revivir consiste en volver a la vida para esquivar la muerte. La revivificación no deja de ser un comodín para seguir jugando. ¡Qué débil nuestra esperanza si su único horizonte aspira a esta simple inmortalidad! El mundo de la publicidad, en cambio, nos seduce con insistencia mediante el recurso del espejismo de la eterna juventud, como si el fin de la vida fuera esquivar la muerte, estirar los años de juventud… ¿hasta cuándo?

El centro de la fe cristiana hunde sus raíces sublimemente en la Resurrección. «Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe», decía el Apóstol (1 Co 15, 14). Adán es el prototipo del ser humano que acaba con la muerte; Jesucristo —el nuevo Adán—, el prototipo del ser humano llamado a la Resurrección (1 Cor 15, 44-48). Nuestra vocación nos muestra un camino para reintegrarnos, transformados y perfeccionados, en una nueva creación lejos ya del poder del pecado.

La vigilia Pascual nos habló de este acontecimiento: nuestra resurrección comenzó el día de nuestro bautismo. Al «nacer de nuevo en el agua y en el espíritu» (Jn 3, 5) empezó para nosotros una nueva vida que camina hacia su plenitud en el «último día». La ceniza nos recordó al inicio de la Cuaresma que la esperanza de nuestra peregrinación no se encuentra en este mundo pasajero. Ya no queremos revivir, ansiamos algo más. La cruz, el fuego, el incienso o el ayuno nos han preparado para apuntar alto. Nos han ayudado a cambiar de vida con el fin de que tengamos los pies bien asentados en la tierra, el corazón en nuestro prójimo y la vista puesta en Aquel que ha resucitado.

Ciertamente, nuestra nueva vida de bautizados está cargada de errores, fragilidad y muerte. ¡Cuánto hemos reflexionado sobre esto en la Cuaresma! Pero, algo nos dice la Resurrección: Cristo ha vencido a la muerte. Nos ha ganado la Gloria. La Resurrección es nuestro motivo de esperanza. No nos han arrojado ciegamente a la existencia. No se han olvidado de nosotros ni de nuestras flaquezas. Tenemos un Padre que nos quiere a cada uno de nosotros y nos ha llamado a la Vida eterna. La fuerza de Dios se ha mostrado en la debilidad. El tosco barro que nos forma será acrisolado, de igual manera que aquel cuerpo despedazado de la cruz, hoy, brilla glorioso como el sol. Cristo resucitado vuelve al Padre y su fidelidad se refleja en las últimas palabras del evangelio de Mateo: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19).

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! ¡Feliz Pascua!

Juan Antonio Leyva Martínez

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