SANTOS EN LO COTIDIANO

Decía José Luis Martín Descalzo, ese sacerdote de raíces vallisoletanas, periodista y escritor, que ser santos de lo cotidiano es hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias.

Siempre he pensado que lo mejor del cielo deben de ser sus santos anónimos, los desconocidos, los que jamás serán canonizados Pepe Rodríguez, San Luis Martínez, Santa María González o Santa Luisa Pérez. Porque, naturalmente y por fortuna, en el cielo hay muchísimos más santos que los que la Iglesia reconoce oficialmente. Aquí en la tierra hacemos las cosas lo mejor que sabemos —que es bastante mal—, pero en el cielo hilan muchísimo mejor y más fino. Y así, en la Gloria habrá montones de buena gente. Tan buena gente que ellos mismos se habrán llevado una sorpresa gordísima al encontrarse con que arriba les rinden culto, cuando ellos creían ser «de lo más corriente». Y es que resulta que para ser santo no hay que hacer nada extraordinario. Basta con hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias”.

Hacía unos años que había escrito una especie de «decálogo para un hombre que quería ser santo»:

  1. Amarás al Señor tu Dios y en cada cosa descubrirás su voz, su luz, su sombra.
    2. Cantarás cada día al levantarte, sonreirás al tiempo que te crece delante.
    3. Al cruzar los umbrales de tu puerta, un momento detendrás la pisada y dirás: «Estoy contento».
    4. Tenderás la sonrisa como una mano a todos, tendrás a flor de labios las palabras «amor», «claro», «nosotros».
    5. Amarás el silencio del templo, y el quedarte largo tiempo en un ángulo, y decir sólo: «Padre».
    6. Al sentir en tus manos el roce del dinero sentirás alegría… y un poquito de miedo.
    7. No creas que tu esfuerzo ennoblece el trabajo, sino que es el trabajo quien redime tus manos.
    8. Amarás a tu esposa y a tus hijos; y el pobre conocerá tus pasos, tu mano y no tu nombre.
    9. Soñarás en ser mártir treinta veces al año y lo serás seiscientas en el afán diario.
    10. Te dormirás soñando que hay una mano blanca que te cierra los ojos, mientras tú dices: «Gracias».

¿Por qué la Iglesia incluye el Día de todos los Santos (1 de noviembre) en su calendario de fiestas solemnes? ¿Por qué el Credo de los Apóstoles incluye “la comunión de los santos” como uno de los doce artículos esenciales de nuestra fe?

Porque, afirma Charles Peguy, “al final de cuentas la vida tiene una sola tragedia: no haber sido santos”.

Los santos no son gente rara ni excepcional; en el sentido bíblico de la palabra, todos los creyentes ESTAMOS LLAMADOS A LA SANTIDAD Y SOMOS “SANTOS”.

El santo ha dejado el timón de su vida en las manos de Dios y va alegre por la vida, con paso firme y seguro, ya que, recordaba Benedicto XVI,“está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que se encuentra dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo”.

¡Feliz día de los santos, los que están canonizados y nos guían como estrellas en la noche y los que viven, quizás entre nosotros, o han pasado a la vida eterna en la más absoluta discreción y anonimato!

Mª Pilar Seoane Sánchez

Directora

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